Carmen y Feliciano

 

Cuando Feliciano llevaba mucho rato fumando sus Celtas sin filtro, sentado en la silla de aluminio con brazos y con tiras plásticas de asiento, la ventana detrás, le caía la ceniza sobre las solapas, sondormido.

 

Feliciano no se bañaba ni se duchaba. Pero siempre llevaba camiseta interior, porque eso era lo que empapaba su sudor y lo mantenía limpio. En la buhardilla del número 6 de la calle Manuela Sancho, tercero izquierda, Zaragoza, España, no había bañera ni ducha. Sólo un retrete, en una puerta de la cocina, al fondo a la izquierda. La única fuente de agua era el fregadero, donde Carmen se lavaba los sobacos y el cutis con jabón negro de La Toja. El papel del baño era El Elefante, de color marrón. Y el esparto con el que se limpiaba la vajilla era esparto, como la escoba era escoba (con la que se escobaba, no se barría) y no cepillo de plástico.

 


Feliciano, trabajando de enfermero en el Hospital Provincial de Zaragoza

 

Feliciano cuidaba de un loco que se llamaba Emilio Grasa y que vivía en la única habitación ocupada por un seglar de todo el edificio del Real Seminario de San Carlos. Emilio Grasa, hermano del fotógrafo y aventurero Aurelio Grasa, había tenido una tienda de artículos de broma en la plaza del Justicia (vulgo San Cayetano). Luego perdió la cabeza. Feliciano, que fue enfermero en el Hospital Provincial de Zaragoza, se dedicó a cuidar a Aurelio después de jubilarse. Cuando Aurelio murió, en 1972, le tocó hacer compañía a Emilio.

 

En la habitación de Emilio había dos espacios. A la entrada, después de pasar por un cuadro negro de la Virgen Dolorosa con el cadáver de su hijo (pintado por Teresa Grasa, la restauradora sobrina de Emilio), una pequeña estancia estaba ocupada por un sillón, con la silueta oronda de Emilio y su voz de pito, y una recién llevada televisión en blanco y negro, donde se veían las corridas de toros. Más adentro, el dormitorio y una mesilla que guardaba algunas bromas, como cajas de cerillas con pinzas atrapadedos, que don Emilio fabricaba para regalarme. El Seminario, lugar en el que cuando recibí la primera comunión a los ocho años ya había pasado muchas horas, te recibía con el sacerdote portero, que guardaba un pequeño saco de la risa que funcionaba a pilas. No había que acercarse al centro del claustro porque allí había un pozo donde podías caerte.

 


Feliciano, don Emilio y Teresa Grasa

 

Cuando recibí la primera comunión, era uno de los más altos de la clase. Por eso, en la fotografía de grupo, me colocaron en el centro, para que el conjunto diera una visión simétrica. Mi tía Carmen decía que yo estaba en el centro porque era tan guapo como el príncipe Felipe.

 

En la casa de Feliciano Romeo Ortigosa (que había nacido “con el siglo”) y Carmen Diez Casamayor, solía haber una jaula con un periquito. El que me acompañaba hacia los tres años era parlante, y cuando llegaba la hora de comer decía una y otra vez: “A comer, a comer, Toñín, Toñín”. Mi tía llamaba “pequeño” a su marido. Realmente, los dos eran de muy baja estatura. El periquito andaba suelto por la casa, caminando por el suelo, y en una ocasión estuve a punto de pisarlo, en el umbral de la puerta de la cocina. Es mi primer recuerdo.

 

Los utensilios domésticos incluían una vieja cubertería, con todas las piezas distintas entre sí. Destacaba el cucharón, con el fondo desportillado, que mi tía aseguraba que era de plata. Con él se servía el rancho con caracoles, las albóndigas de bacalao y todas las demás comidas rústicas y sabrosísimas que yo, aquel niño gordito, devoraba sobre el hule de flores de la mesa del comedor, la única habitación de la casa. La alcoba se separaba del comedor por una cortina y la pequeña cocina con su antigua chimenea en desuso se franqueaba a la izquierda, tras sortear la nevera (que estaba en el comedor), siempre abierta y desenchufada para no gastar electricidad, con una caja de galletas reblandecidas encima, que se ofrecían a las visitas.

 

Tras atravesar la puerta de aquella buhardilla, cuyo sistema de llamada era una aldaba en forma de mano con bola, había una pequeña mesita donde descansaba un cancionero de Manolo Escobar. En la pared de medio metro pintada de verde brillante por la humedad, colgaba un teléfono negro de baquelita, por el que hablaba Carmen a grandes gritos. Sobre el teléfono, una fotografía del grupo de enfermeros del Hospital Provincial. En el techo, la viga que sostenía el tejado mostraba una inclinación en uve, pero en todos aquellos años nunca se desplomó.

 


La foto que colgaba sobre el teléfono

 

Feliciano inventó un sistema para cazar palomas. Se trataba de poner migas de pan en el alféizar y en el interior de la ventana de la cocina. Cuando una paloma se atrevía a entrar, él tiraba de una cuerda desde su silla del salón, que cerraba la ventana. Luego la perseguía hasta capturarla, y la ahogaba en el fregadero de piedra. Después, yo me la comía con cebolla.

 

Feliciano y Carmen contaban que antes de poblar yo aquella casa todos los fines de semana (mis padres tenían una hija mayor que dejaban al cuidado de sus abuelos y un hijo mediano retrasado mental al que dedicaban los cuidados especiales que requería), un gato negro había vivido allí con ellos. La peculiaridad de este animal era que hacía sus necesidades en la taza del váter, subido con sus cuatro patitas en el borde.

 


Mi tía Carmen a la derecha; mi padre, mi hermano, mi hermana y yo.

Los sábados por la mañana me quedaba solo en la casa. Mi tío estaba trabajando y mi tía se iba a comprar al mercado de San Vicente de Paúl. Yo aprovechaba para trasladarme de mi cama turca, que se desplegaba en horizontal de la pared del salón retirando la mesa central, a la cama de matrimonio de mis tíos. Un día,  Carmen volvió con una mierda de plástico que me había comprado en la calle San Lorenzo.

 

Feliciano usaba siempre boina, tanto para salir a la calle como para estar en casa. El periquito estaba amaestrado para comer en su boca. Feliciano masticaba la acelga con patata, o las judías blancas, y hacía una pasta que dejaba salir por entre los labios. Entonces el pájaro se ponía en su pecho y picaba la comida.

 

Debajo del hule de la mesa del comedor, Feliciano y Carmen guardaban los billetes. Era su caja fuerte. Cuando muchos años después volví a la buhardilla deshabitada, la puerta estaba forzada y la viga del techo había caído sobre la mesa. Todo lo demás permanecía intacto, salvo algunos papeles desperdigados por el suelo que los gitanillos del barrio habían revuelto. No había billetes bajo el hule. Recogí papeles escritos con mi letra infantil, fotografías en las que aparecíamos mis tíos, mis padres, mis hermanos y  yo, partidas de nacimiento, cartillas de racionamiento, carnés de la Falange. Había llegado de nuevo hasta allí siguiendo el reguero de papeles desde la calle Romea, bocacalle de Heroísmo, contigua a Manuela Sancho. El primero que vi de esos papeles -en manos de una niña- fue una foto de Manolo Escobar dedicada a mi tía.

 


Postal dedicada a Carmen por Manolo Escobar


Cartilla de la Seguridad Social de Feliciano y Carmen (1947)


Documento de solicitud de ingreso en la Falange de Feliciano (1938)

 

Feliciano me llevaba de paseo a las zonas sin urbanizar contiguas al Parque Bruil. Caminando sobre piedras, se llegaba a la desembocadura del Huerva en el Ebro, donde mi tío me contaba que él había trabajado de joven como guardabosque con pistola en una caseta. Allí olía muy mal, porque además del Huerva desemboca en ese punto una gran catarata de detritus procedente de las cloacas de la ciudad. A la vuelta, Feliciano afilaba su navaja en una gran piedra que conocía de un solar, actual parque de la Mancomunidad Aragonesa, frente a la muralla medieval de la calle Asalto. Con esa misma navaja cortó la goma de saltar que se les había enredado a unas niñas en la plaza José Antonio (hoy de Los Sitios) y pelaba las frutas de mi merienda.

 

Carmen tenía reúma y siempre le dolían las piernas. Había nacido en Alborge, pequeña localidad de la ribera del Ebro, junto a Sástago. Allí también nació María Enfedaque, mi abuela materna. La madre de Carmen y la de María eran primas hermanas, y las dos jóvenes se hicieron muy amigas. Aunque el parentesco que me unía con Carmen era de sobrino octavo, el papel que hicieron conmigo ella y su marido Feliciano fue el de abuelos. Quizás mucho más.

 

Carmen me llamaba cariñosamente cabronazo e hijo de puta. No sabía leer ni escribir, y era yo el que redactaba las cartas a la familia. Eso sí, no le engañaban con los precios en los comercios, porque era muy despierta para los números. Supongo que mis padres les daban una aportación económica por mi manutención, pero ese tema no formaba parte de mi universo infantil. Simplemente me sentía querido. Cuando me preguntaron de muy niño que a quién quería más, si al papá o a la mamá, respondí sin dudar: “A la tía Carmen”.

 

Carmen y Feliciano. A la izquierda, yo.

 

De vez en cuando, familiares de Alborge o de Figueruelas (el pueblo natal de Feliciano) visitaban la pequeña buhardilla. En Navidad, llevaban frutas, verduras, huevos (de dos yemas) y pollos vivos, con las patas atadas por un paño a modo de bolsa. Los pollos paseaban por la cocina, hasta que llegaba el momento de sacrificarlos, porque servían de regalo festivo para el médico (el doctor Valcarreres) o para la que Carmen llamaba “mi dueña”, una señora muy mayor a la que había servido de joven, propietaria de la papelería Canudo de la calle Méndez Núñez. Solía atendernos Buenaventura, el hijo de “la dueña”.

 

Durante la Guerra Civil, María, la hermana de Carmen, tuvo que sufrir el fusilamiento de su marido, socialista. Tenían un hijo pequeño, Alejandro, que fue cobijado y mantenido por Feliciano y Carmen, recién casados. Feliciano era viudo y de su matrimonio anterior había tenido un hijo, José Romeo, que se fue a vivir a Swippes, Francia, donde regentaba un negocio de bar-taxi (“La casita”, con un Citroen Tiburón). De vez en cuando visitaba a sus padres y a su hermano adoptivo, Alejandro. José era la viva imagen de su padre, pero con bigote. Llegaba acompañado de su esposa, Teresa, una francesa gorda que casi no hablaba español. José murió de cáncer, después que su madre y antes que su padre. Fue poco tiempo después de decidir que se quedaba de nuevo a vivir en Zaragoza, en el piso contiguo al de sus padres, en el tercero derecha de Manuela Sancho, 6. El pequeño rellano que separaba ambos pisos tenía en el techo una falsa, a la que se ascendía por una escalera de madera que se guardaba dentro.

 

José Romeo con su hija Mariví

 

Feliciano bebía casi exclusivamente el vino que le compraba Carmen en bidones de cinco litros en una bodega de la calle Heroísmo. La única excepción era el desayuno, en el que el vino se acompañaba de leche. Feliciano repetía el refrán: “La leche le dijo al vino: ven aquí, amigo”. Las creencias populares respecto a la gastronomía diferían de las actuales. Por ejemplo, otro de los dichos de Feliciano era “El tomate repreta”. El aceite que se utilizaba en la casa era de girasol, puesto que en aquella época se divulgó la noticia de que el aceite de oliva era malo para ciertos enfermos. Por supuesto que, además, el de girasol era más barato.

 

Junto al lavadero solía haber una malla con caracoles, de la que siempre se escapaba alguno. La vieja cocinilla de gas servía de patíbulo para el prófugo: Carmen lo colocaba en el centro del fuego y mientras se moría iba soltando espuma, hasta que quedaba asado y yo me lo comía con mucho gusto. En el horno se cocinaban también las mejores patatas asadas del mundo, con su piel dura que había que masticar mucho rato, acompañadas de aceite y sal.

 

Entre la silla de mi tío y la puerta de la cocina había un mueble que llamábamos la cómoda. Sobre él, estampas de santos, una vieja radio de madera en desuso, fotografías y en los últimos años una televisión en blanco y negro. En sus pesadísimos cajones, jeringuillas hipodérmicas de cristal en sus cajas metálicas, Cafiaspirina, objetos variados y ropa de cama con bolitas de alcanfor.

 

Sobre la estantería de madera que cubría la cama turca donde yo dormía (acaban de construir en el solar una casa nueva, pero durante quince años se veía en la pared verde desnuda del tercero la marca de esa estantería) había una botella de plástico blanca representando la Virgen de Lourdes, con agua bendita en su interior, y fotos de los familiares, como la de la primera comunión en Francia de María Victoria, la hija de José. Una tela a rayas marrones y blancas cubría la cama, que colgaba de la pared con un gran gancho metálico.

 

Carmen, Mariví, Feliciano y yo, además de una desconocida.
Agosto de 1977

 

La mesilla de la alcoba estaba llena de zapatos viejos. Abrías la portezuela y olía a betún. La luna del armario reflejaba a duras penas mis juegos infantiles. A los diez años me pusieron gafas de pasta. En Corazonistas, el colegio al que iba diariamente, el Hermano Adolfo era el lado opuesto de mi tía Carmen. Ella representaba el bien; él, el mal. Yo cogía viejas revistas francesas de la pequeña mesa del salón, con chistes de Lassalvy de mujeres en ropa interior, y las calcaba desnudas pintándoles el vello púbico, misterio que acababa de descubrir gracias a un compañero de 4º de E.G.B. Allí aún no había tele, pero en casa de mis padres había visto a Pippi Calzaslargas toreando y unas fotos de otra revista reproducían esa curiosa imagen para mí una y otra vez, además en color.

 

Y en color y en directo vi a los Payasos de la Tele, en la plaza de toros de Zaragoza, en 1975, con mi tía Carmen. Gaby, Fofó, Miliki y Fofito, representando sus aventuras y cantando sus canciones. Es el mejor concierto al que he asistido, claro. Con “El auto nuevo” enloquecí, conduciendo con mis manitas y haciendo todos los movimientos a la vez que otros miles de niños. Al año siguiente, centenario de la fundación de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual Ibercaja), se celebró una fiesta en el Parque de Atracciones para las familias de los empleados, como mi padre. Contrataron a los Payasos, y los pude ver en vivo por segunda vez. Poco después murió Fofó.

 

Manolo Escobar venía a actuar a Zaragoza todos los años. Unas veces a la plaza de toros; otras, al Teatro Principal. Carmen era admiradora del cantante, y siempre me llevaba a verlo con ella. Se hacía acompañar de sus tres hermanos guitarristas, los cuatro muy parecidos, y ellos se colocaban tras Manolo y tocaban de pie. El más gracioso era el bajito, que hacía malabarismos con la guitarra.

 

La plaza de toros de Zaragoza fue el escenario donde vi con mi tía, además de a los Payasos de la Tele y a Manolo Escobar, varias corridas, tanto serias como humorísticas. Las corridas de toros para niños se llamaban charlotadas, y uno de los toreros cómicos más afamados era El Platanito, que aparecía en la arena montado en un coche con forma de plátano. Por supuesto, también vi actuar al Bombero Torero, con sus enanitos “forçados”. A este tipo de espectáculo (“cómico-taurino-musical”) le solía poner música la Banda del Empastre, cuyo director, con su barba y su levita, acababa perseguido con todos los músicos y sus instrumentos por algún becerro que les soltaban.

 

Mi tía Carmen y yo, un Domingo de Ramos

 

Las jotas aragonesas sonaban en un programa diario de Radio Zaragoza después de comer. Carmen reconocía al intérprete que iba a cantar, con tan sólo oír los primeros compases de las guitarras. Según decía, cada cantante tenía una entrada distinta. Feliciano y yo no lográbamos distinguirlas.

 

Hasta los cuatro o cinco años, no se pagaba para entrar en los cines y en los tranvías. Mi tía mantenía discusiones sobre mi edad con los las taquilleras y los cobradores, debido a mi gran envergadura. Una vez, a la entrada del cine Rialto, en Torrero, Carmen utilizó su culo para empujar en la aglomeración y nos hizo paso entre la gente. Las películas que veíamos incluían los reestrenos de Louis de Funes, Terence Hill y Bud Spencer, Cantinflas y Conchita Velasco con Manolo Escobar (siempre acompañados de  Manolo Gómez Bur). Si salía Alfredo Landa (“el huevero”), mi tía se ponía muy contenta. Yo creía que aquellas tramas adultas sólo las entendía yo, porque consideraba que ella no alcanzaba a comprender bien.

 

Yo era un niño de lo más inocente. Feliciano no aprobaba que fuéramos al cine, por cuestiones económicas. Así que Carmen me hacía guardar el secreto. En cierta ocasión le dije a mi tío: “Nos vamos al cine, y no te lo diremos”.

 


Foto dedicada por mí a mis tíos en 1973

 

Las noches de verano las pasaba sentado en el halda de Carmen en un banco de la plaza San Miguel, “tomando la fresca” con otras viejas. De vez en cuando pasaba el tranvía de Nicanor, marido de Magdalena, la hermana de mi tía. Nicanor me dejaba darle vueltas al manubrio del tranvía y me regalaba los tacos de billetes gastados, minúsculas libretas donde yo pergeñaba dibujos animados.

 

El agua se bebía en botijo, que sudaba. Y el vino pasaba del bidón al porrón hasta llegar a la jarra de cristal de mi tío. El alpiste que tiraban los pájaros al comer caía sobre el mármol ondulado del lavadero. Casi todas las baldosas rojizas del suelo estaban rotas. El buzón del patio se abría sin llave. La puerta a la calle no tenía portero automático: según los golpes que se daban se estaba llamando a un piso u otro, y se abría desde arriba con una cuerda que atravesaba la escalera. Cuando aún no había televisión, bajábamos a ver los toros al Bar Condal, en la esquina. Alicia y Manolo me daban patatas fritas Risi, con monstuos de plástico dentro de la bolsa. Carmen no sabía pronunciar Tigretón ni astronauta.

 


Felisa, Feliciano y Maricarmen

 

Íbamos de visita a veces a casa de la tía Felisa, sobrina de Feliciano. Tenía un perro y una hija, Maricarmen, que me cuidaba a veces. Fue, quizás, uno de mis primeros amores. La casa, en la calle del Rincón, era de características similares a la de mis tíos. Cuando se estrenó La naranja mecánica, en 1972, yo tenía cinco años. En aquella casa oí hablar de la película y de que era muy violenta. Luego, seguí jugando.

 

Una de las dos hermanas de Carmen se llamaba Magdalena (la esposa del tranviario Nicanor) y era la viva imagen de Harpo Marx. Vivía en el barrio de San Pablo y hacía la paella con pimiento. Una de sus hijas se llamaba María Ángeles y era muy guapa. Por las calles de San Pablo se oía el último éxito de Peret, que representó a Eurovisión aquel año 1974: “Canta y sé feliz”.

 


Nicanor, Magdalena y uno de sus nietos

 

Hacía dibujos humorísticos de Carmen y Feliciano. Cuando eligieron papa a Juan Pablo II en 1978, me di cuenta de que su caricatura era igual que la de Feliciano.